Un comic que se hizo global y pegó muy fuerte


Los premios suelen funcionar como una fotografía. Congelan un momento, consagran una obra, ordenan jerarquías. Pero cada tanto sucede algo diferente: una ceremonia termina revelando que aquello que parecía un éxito se convirtió en algo más grande. Eso ocurrió en los Premios Platino. La consagración de El Eternauta como mejor miniserie iberoamericana, junto con los reconocimientos para Ricardo Darín, Andrea Pietra, César Troncoso y Bruno Stagnaro, confirmó una sensación que venía creciendo desde su estreno: la adaptación de la obra de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López ya no es simplemente la serie argentina más exitosa de los últimos años. Es una producción que modificó la manera en que el audiovisual local se piensa a sí mismo y la forma en que el mundo observa a la ficción argentina.

Andrea Pietra percibe ese cambio con claridad. Su premio en los Platino tuvo además una dimensión personal: fue el primero de una trayectoria de treinta y siete años. Sin embargo, cuando habla de la experiencia, rápidamente desplaza el foco de sí misma hacia el fenómeno colectivo que rodeó a la serie. “Tuve un día muy feliz. La verdad es que no pensaba que me iba a dar tanta emoción todo esto, porque además sentí mucho cariño del resto. Me vino una oleada de amor, de reconocimiento y de todo eso que me hizo muy feliz. Todos recordaron mis trabajos, mis años de recorrido. Me voy a llevar este día en el corazón”, afirma.

RECORRIDO. La emoción personal, sin embargo, aparece inseparable del recorrido de una producción que excedió a cada uno de sus integrantes. Dice Pietra: “Estoy muy orgullosa de muchísimos programas que hice, pero esto para la Argentina fue una bisagra en el audiovisual, nos vio todo el mundo. Salimos en todo el planeta al mismo tiempo y eso es muy hermoso, porque habla de que también nosotros tenemos los talentos para poder llevar a cabo algo así, nos falta por ahí a veces la plata”. La palabra bisagra aparece naturalmente en su reflexión. No es casual. Pocas veces una producción argentina había conseguido instalarse de manera simultánea en conversaciones tan distintas y tan lejanas entre sí. Menos aún una historia nacida en una historieta publicada originalmente a fines de los años cincuenta.

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Lo interesante es que ni Pietra ni Stagnaro explican el éxito únicamente a partir de cuestiones industriales. Ambos insisten en que el corazón del fenómeno está en otra parte. Para la actriz, la vigencia de El Eternauta tiene que ver con aquello que la obra viene diciendo desde hace casi siete décadas. “Más allá de mi trabajo, El Eternauta representa contar una historia que, aunque tenga tintes de ciencia ficción, habla de lo profundo, de lo que realmente importa en la vida: no salvarse solo, mirar al otro, ser empático, no ser números sino seres humanos. Todo eso que tenemos alrededor —el dinero, las máquinas, los celulares, las computadoras— un día deja de funcionar y no te salva la vida. Lo que te salva es un otro, un equipo, un amigo, alguien que piensa con vos y que te quiere”.

HEROES. Esa idea del héroe colectivo, una de las nociones centrales de Oesterheld, reaparece constantemente cuando se intenta comprender por qué la serie generó semejante identificación. “Si la serie pegó tanto en el mundo es porque evidentemente está hablando de algo que atraviesa a todos. Estamos viviendo situaciones muy dolorosas y muchas veces vemos las cosas como si fueran ficción, cuando en realidad son vidas reales, personas reales, familias reales. Hay un individualismo y un egoísmo muy grande que no conduce más que a la ruina. Por eso digo: si nos emociona tanto ver historias donde la gente se une y sale adelante en equipo, ¿por qué no podemos tomar un poco de eso para nuestra propia vida?”, plantea Pietra.

Bruno Stagnaro llega a una conclusión similar desde otro lugar. Para él, el desafío nunca fue simplemente adaptar una historieta célebre. El problema consistía en dialogar con una obra que lo había acompañado desde la infancia y que forma parte del imaginario de generaciones enteras de lectores. “Lo loco de haber leído tantas veces El Eternauta antes de hacerlo es que lo tenía muy internalizado desde muy chico. Lo leí por primera vez a los diez años y siento que incluso cuando pensaba que estaba encontrando dinámicas nuevas para la adaptación, después terminaba descubriendo que de alguna manera ya estaban en la obra original”. Lejos de buscar una actualización radical, el director trabajó sobre una conversación permanente con el material original. “Muchas de las cosas de la serie son reelaboraciones de esas ideas”, explica al recordar escenas que nacieron de la combinación de distintos momentos escritos por Oesterheld.

La adaptación también implicó traducir al lenguaje audiovisual algo que en la historieta estaba profundamente ligado al dibujo. “Para mí el dibujo de Francisco Solano López es una parte enorme de la información de la adaptación, independientemente de la trama de Héctor Germán Oesterheld. Siento que parte de ese impulso medio western que tiene El Eternauta respira en los dibujos de Solano. Fue una referencia muy importante”. Esa influencia puede verse en la construcción visual de una Buenos Aires devastada, reconocible y extraña al mismo tiempo. “Que la ciudad fuera un personaje vivo era algo completamente irrenunciable para mí en la adaptación”, resume.

Sin embargo, cuando se le pregunta qué fue lo más importante de todo el proceso, Stagnaro no menciona ni los premios ni la repercusión internacional. Tampoco habla de récords de audiencia. Su respuesta apunta a otro lugar. “Más allá del reconocimiento internacional o de estar acá, para mí lo más importante era saber si en Argentina la adaptación iba a sentirse como algo propio. Ese era el gran fantasma y donde realmente se jugaba mi sensación sobre si había valido la pena todo el trabajo y todos los años que llevó hacerla”. La frase funciona como una clave de lectura para entender lo que ocurrió después. Porque el verdadero triunfo de El Eternauta no fue únicamente conquistar espectadores extranjeros. Fue conseguir que el público argentino sintiera que aquella historia seguía perteneciéndole. “Cuando sentí que la gente se apropió de la serie y la sintió propia, ahí ya todo lo demás pasó a un segundo plano”, concluye.



Fuente: www.perfil.com

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